S y A
- Karen Vasquez

- 24 jul 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 25 jul 2025

A era de esas chicas que expresaba mucho más con la mirada que con palabras, su sensualidad era una mezcla de demonio angelical que lo enloquecía. Estar con ella era como mirar directamente al sol hasta volverse masoquista a su dolor. S no podía creer que lo estaba haciendo otra vez, pero el erotismo de A era algo que él no podía controlar. Con su boca lo estaba poniendo duro nuevamente mientras con palabras obscenas le decía lo que significaba ella para él, lo que representaba y lo que le encantaba verla llevar su miembro hasta el fondo de su garganta.
S nunca había eyaculado con tanta fuerza como lo hizo esa vez y en medio del éxtasis recordó el día en que la conoció; lucía tan irresistiblemente femenina que no pudo evitar ofrecer llevarla hasta su casa. Era tan jodidamente perfecta que no podía evitar sentir como su miembro se endurecía con solo verla. A lo notó y lo miraba con una dulzura que denotaba erotismo mientras la fina tiranta de su vestido se escurría por su hombro derecho; S la miraba atónito, pasando saliva, entonces A lo invitó a pasar, estaba completamente sola y un leve, pero sensual movimiento de sus labios bastó para que él le comiera la boca. Fornicar con A era ahora su deseo, la sentó sobre el mesón de la cocina y con la prisa que lleva un huracán rompió su tanga y rápidamente escurrió sus dedos en su vagina. El gemido de A era tan exquisito que no pudo evitar ahora comerla con su boca, el éxtasis que su lengua sentía era similar al néctar de las flores recién polinizadas y acabar dentro de ella fue el frenesí más desquiciado que todo su ser hubiera experimentado antes.
Entonces lo supo, supo que su deseo se acababa de convertir en obsesión, no podía evitar estar separado, aunque fuera un centímetro de A, quería protegerla, cuidarla, sostenerla de todas las formas que pudieran existir; estaba dispuesto a hacerse cargo de ella de formas que ni siquiera podía comprender con tal de no estar separado de ella ni un solo segundo.
¡Joder!, coger con A era el puto paraíso.
Ya no se trataba solo del sexo, se trataba de ella, de lo intrépida que era, de su independencia emocional, de no tener que necesitarlo para solventarse, pero de él querer estar ahí para suplirle lo que fuera; de su sensualidad cargada de misterio que lo enloquecía, de la forma en que movía sus labios cuando pedía algo o solo lo decía, de la forma en que movía su cuerpo cuando caminaba, de cómo contorneaba delicadamente las caderas cuando pasaba un mechón de cabello por detrás de su oreja, de cómo lo miraba en silencio y él sentía que le desnudaba hasta los huesos. Era obvio que era más que sexo, lo que sentía era mucho más profundo; temía que fuera amor; no quería admitir que ya estaba enamorado. A ese sentimiento le temía ¿Y si todo entre ellos se volvía monótono?, ¿Y si el sexo llegara a crear un abismo en sus vidas? O peor ¿Y si de ella un día se aburriría? Temblaba de solo pensarlo ¡eso jamás! Por ella siempre estaría sediento, entonces sintió el dolor en su corazón, no quería perderla, no a ella, representaba toda en su vida, entonces la duda llegó.
—¿Y si es ella la que de mí se aburré? —se preguntó.
¿Y si se aburré del sexo que le doy?, ¿Y si es ella la que un día quiere dejarme?
No, se dice a sí mismo relajado al ver como tan seductoramente ella lo montaba mientras el calor que de su cuerpo emanaba convertido en gotas de sudor hacía que su mano resbalara sensualmente por sus nalgas.
Entonces admitió que estaba enamorado y luego se preguntó mientras su temor de perderla se desvanecía y su virilidad se hacía aún más prominente de solo pensarlo ¿podría el sexo mejorar aún más con los años?
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