Mujer prohibida
- Karen Vasquez

- 17 feb 2025
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 13 mar 2025

Hacía una semana no la veía; se había esfumado de su vida sin más ni más. Nunca hubo un contrato ni llegaron a un acuerdo, era lo que era. Coger y nada más. Jamás pensó que fuera tan adictiva y, ahora, era prohibida; y como disfrutaba ser prohibida; ser ella la que escogía. Cazaba bien a sus presas, siempre sabía lo que quería.
Ególatra, le encantaba ser deseada. La fruta prohibida anhelada. La puta que los encoñaba; siempre tenía la batallada ganada, pero él quería una noche más; estúpidamente se juraba a sí mismo que esta vez sería la última. Una vez más se juraba, que esta vez sí sería la última.
Tocarla era lo único que quería. Su anhelo más profundo, penetrarla. Tenerla hasta saciarse ¡A quién diablos le mentía! Con ella era insaciable. Se perdía en la curvatura de sus senos, en el vaivén de sus caderas. El vértice de sus piernas era el escondite de su lengua. Su jugosa vagina proporcionaba el elixir más exquisito. Inagotable; quería más. Siempre quería más.
A ella le gustaba. Claro que le encantaba como él la montaba, pero ¡Y si se enamoraba! No, claro que no; a ella eso no le pasaba; era inmutable a las emociones; los sentimientos profundos le temían y el amor le huía. Era un demonio en piel de seda. Le ofrecía su amor al quien quería.
A merced de sus encantos, llegó al motel, pero otro carro había estacionado. Se aventuró y a dos pasos de la puerta estaba ella. Un tipo la estaba tocando; quiso romperle la cara de un puñetazo, pero ella se veía tan cómoda en sus brazos; tan erótica y sensual, que prefirió mirar.
Se entregaba a su nuevo amante sin pudor; igual que lo hacía con él; estaba absorto con sus movimientos. Lo que daría por sentir, aunque fuera un gemido en su oído. Iba a marcharse, pero ella lo seducía; aun cogiendo con otro, lo seducía.
Sentía como la sangre corría por sus venas; su entrepierna estaba lista. Entró, no le importó. Comenzó a besarle la espalda; ella se arqueó dándole la bienvenida. El otro tipo le comía la vagina, pero él se regocijaba en el dulce néctar de sus labios.
Aunque lo que quedara fueran las sobras, se posicionó en su vagina, por fin su lengua había sido recompensada. Ahora la tenía para él, solo para él; quería penetrarla, pero su lengua no se saciaba y ella no se lo permitía. Lo obligaba a seguir, estaba cerca de su orgasmo.
Se mojó en sus fluidos y luego la penetró. Por fin dentro de ella; anhelaba que el momento fuera eterno. Lo que sea valía la pena por ese exquisito momento. Era adictiva. No le importaba compartirla.
No quería acabar, pero el gemido de ella se lo exigía ¡El delicioso gemido de ella se lo exigía!, y con un apretón de culo lo obligó a hacerlo. Adentro; bien adentro; cuanto lo disfrutaba y, a ella le encantaba. Ni una sola gota se desperdiciaría.
Entonces, juró que la próxima vez sería la última. La próxima vez sí sería la última.
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